Siempre me preguntado ¿por que no hay sofás en los museos? Cuando quieres dedicarle tiempo y descubrir más de una obra tienes que seguir adelante abandonándola. Regalándole la desolación. Estas reflexiones me han reaparecido después de ver la exposición del Museo de Basel en el MNCARS, en especial un cuadro de abismo Negro de Rothko.

Desde pequeño he rozado los espacios donde se contiene la cultura, he recorrido pequeños y grandes museos de las riberas del Mediterráneo y Europa. Grandes y solemnes espacios cuyas salas se alternan como la casa de Minos llenas de Arte, que inundaban de placer intelectual y que ante la seca premonición de un pronto final, te sorprenden con más espacios, vibrantes y llenos de color. También pequeños centros ocultos con ánimo de exaltación local como un oasis en la nada, a veces deliciosos a veces insulsos, donde encuentras sorpresas aisladas ubicadas en igualdad con el resto de obras. Siempre en todos, encuentras respuestas o nuevas cuestiones para el trabajo. Y en la mayoría el discurso exhibicionista es el mismo. Y en la mayoría he encontrado un carencia que dificulta el diálogo Obra-Observador. Una promenade de echos paisajísticos.

Dada mi fuerte convicción laboral desde pequeño, para ubicarme y crear un vagón al que subirme en el recorrido de la “historia del arte”, mi curiosidad en el arte comenzó muy pronto. Estudiando la pintura rupestre o las composiciones de Fra Angelico, curioseando la violencia de Caravaggio, para después dedicarle a los siglos XIX y XX todo eso que ofrecía París. Mamando de diversas ubres del arte en esta vida, he adquirido algunas costumbres y la más especial es la de pasar mucho tiempo delante de un objeto, viajando. Leer una obra de arte se convierte en cine para mí. E igual que no me bebo el vino a gañote abierto, en cada situación en la que me planto delante de algún objeto creado por alguien que ha despertado mi curiosidad, intento quedarme a saborearlo largo rato. Observo la obra, comienzo a leer y es entonces cuando me suelo echar una charla privada con el autor intercambiando porqués, procesos, vivencias, ánimos y lugares; el tiempo entonces se hecha una siesta y no perturba. Como una película la obra se comunica conmigo. Y puedo decir que he hablado con Miró, Picasso, Ribera o Velázquez. Con Turner y con Cézanne. Y que con alguno nos hemos reído.

¿Pero que pasa cuando se dificulta esta conversación Obra-Individuo? Cuando hablamos de un contenedor de arte, un museo del tipo Prado, Reina Sofia, Pompidou, Museo Nacional de Arte Moderno de París, etc. Entendemos que tienes un recorrido normalmente preestablecido donde el contenido artístico se vuelve instantes o anécdotas temporales con pinceladas del síndrome de Stendhal. Y el espacio no se configura para que exista una relación obra observador prolongada. Es una muestra, literal.
Añadimos que los bancos que aparecen en el recorrido son suficientes para un breve reposo pero carentes de la comodidad justa, no están diseñados para romper los instantes de la “visita”, iguales en todos los museos, debe suministrarlos el mismo mueblero que no ebanista.

Al final aparece una sensación muy parecida a la de recorrer una tienda de muebles, donde tienes que hacer un consumo avanzado, de muchos contenidos y en unos tiempos determinados. Para el que de verdad se alimenta de lo que estos lugares ofrecen, el recorrido Ikeo se vuelve cansino a más no poder, y disfrutar solo de pequeños bocados, al final mantiene el hambre. Para entenderlo mejor ¿cuanto tiempo crees que puedes estar de pié delante de una pintura, vídeo o escultura que te llame la atención? Inténtalo 10 minutos. Se estiran como si fueran horas. El contexto cambia y en muchas ocasiones no facilita la relación o diálogo entre la obra y el espectador. De nuevo comparando en el cine nadie está de pie, si se valora una obra de arte por los minutos que una persona le dedica sería muy pobre.

Con este discurso hice un pequeño experimento en dos de mis estudios en el Albayzín y en Barcelona. En la zona donde rellenaba de pinturas una sala, lo llené de sofás, generando un ambiente agradable y concentrando las visitas ahí. Me sorprendió cuando agnósticos del arte comenzaban a preguntar y a incrementar su curiosidad por las obras con el paso del tiempo, y cómo su humildad se convertía en valentía al hablar de algo hasta entonces ajeno como era el arte.

Todo por que me hubiese gustado estar 30 minutos al menos sentado cómodamente delante del Rothko, charlar y perderme en ese abismo. Quizás los museos deben un poco más de ese espíritu flexible de Pontus Hultén para que el ciudadano participe con el museo y no ser un visitante adiestrado al consumo rápido.
Un sofá, solo un sofá. Y podrás contemplar un cuadro aunque no lo desees.


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