Al ir a conocer la obra de un artista en una exposición estándar, las más de las veces uno va con cierto interés y curiosidad. Repasando esas sensaciones he encontrado dos prejuicios diferenciados que se arman de camino al lugar de los hechos.

En mí, un caso se da cuando el autor es desconocido o casi, el trabajo es nuevo, un colega del que conozco la obra o cualquier montaje similar. Camino por las calles con mis emociones en una nube, esquivando abuelas de torso ancho y paso incierto, con la mirada perdida, cierta sonrisa en el cerebro y cara de idiota ilusionado. Hasta que llego al lugar de los hechos, entonces, observo todo con el humilde sayo blanco de la ignorancia. Normalmente manteniendo la curiosidad inicial. Luego y después de leerlo todo, lo desmonto a mi antojo.

Por otro lado, si al que voy a ver es un personaje bastante reconocido, valorado y ya nos han ahogado con opiniones y publicidad, entonces me acompañan frases más irritantes -¡A ver como coño lo hace…¿Que procesos desarrolla? Para triunfar, para estar ahí, si realmente es un buen trabajo!, camino del lugar. Conocedor de la cuidada museología que acompañará el show, cargo la ilusión de un niño en su primera gran tienda de chucherías y juguetes de siete plantas. Orgasmo intelectual. Paralelamente sumo un escepticismo del cuidado con las apariencias e ilusiones. Más parecido al cazador sigiloso y escrutador en el bosque. Me predispongo lentamente, a dejarme engañar.

Así con el prejuicio de la segunda actitud fui a visitar el CAC donde se exponía un historiograma de los trabajos de los artistas D*face y Shepard Fairey (Obey). Y se quedaron conmigo.

Hasta ahora, cada vez que piso esa lonja de mercado reconvertido salgo contento; aunque la recepción parezca un mix de entrada entre un centro cultural de barrio y una pescadería.

Observando los trabajos expuestos de D Face pude apreciar algo que es innegable para mí, otros verán. Que es que en casi todos los trabajos del artista, les subyace una dualidad de creación por opuestos, algo que al describirla los entendidos de la mente atribuyen a cierta bipolaridad o leve esquizofrenia, y sin embargo es un componente importante del trabajo propio. En la misma obra o, en este caso, en obras distintas. Al realizar una intensa oposición entre trabajos y procesos que incluso podrían negarse entre sí o achacarse a autores distintos una vez manifestados; en realidad lo que estoy activando es unas dinámicas consecuencia de pedalear unas realidades antagónicas. Esto a los creadores nos permite oxigenar y abrir otros caminos en la desconocida búsqueda artística del algo infinito.

Este leve chispazo teórico que ya redundaba en mi cabeza desde hace tiempo cogió base firme al observar el trabajo de D Face. En ese contraste del lindo, limpio y sórdido Pop Art de espacios claros y diferenciados con una necesidad de irreverencia, al urbano, punk, pura acción de lo inmediato, reivindicativo de sí mismo. Por eso nos muestra su proceso de construcción más rico con ambos recursos. La impronta del Ya y la rabia fluida del proceso creativo en maderas y superficies arañadas, sucias, stencils cortados, manchados donde se percibe la calle y el aforismo del instante que ocupa un de los muros, acompañado de su antagonismo pulcro, limpio, medido, lo más Pop Art posible en lienzos y trabajos de superficies planas respetablemente ordenadas y de objetivo más expositivo.

De Obey, que ahora le llaman Shepard Fairey. En cierto modo percibía su fama como el producto de un buen manejo del marketing norteamericano lo que hoy podría entenderse como vacío de ciertos contenidos, sin desmerecer su trabajo, y más al readaptar su nombre propio como responsable del Street Art de OBEY. Pero por el contrario al visualizar la exposición algo de ese prejuicio negativo pierde fluidez y es dentro de su efectismo y dominio de recursos técnicos reiterados cuando es fácil encontrar un mensaje cínico De-s-Obey, el revolucionario, el critico propagandista. Nos muestra unos finos trabajos de publicista con el eslogan de la mezcla étnica y el encabronamiento sobre actitudes sociales del ser humano. Realmente el volumen de trabajo, la preparación y la reiteración de unos mismos recursos técnicos muy bien establecidos vuelve al conjunto abrumador. Desde la sencillez aparente en las monocromías y dibujos se generan cierta impresión y una transfiguración en la relación de escala obra-individuo. Aumentando la percepción del valor y tamaño ante la obra. La simpleza técnica de la monocromía aparente oculta en realidad una cantidad de capas, tramas y signos que esconden una verdadera angustia del creador. Es indudable aceptar el hecho de que ese marketing mediático bastante aprovechado se justifica para difundir su mensaje, al margen de la marca comercial Obey.

Hay un hecho en favor del trabajo museológico y es que casi podría decir que he tenido la sensación de realizar mi recorrido en el estudio de trabajo de un colega, repasando las últimas ocurrencias. Aunque carente de herramientas, de objetos, plantillas, sprays, brochas y esmaltes. No tenía el sentido de estar propiamente en un museo, lo que a la larga beneficia a ambos artista y museo. Una especie de recuerdo me vino de las entrevistas publicadas por Hans Ulrich Olbrich, sobre las intenciones y trabajos en los inicios jipiosillos del comisariado, menos formalistas, más atrevidos. Aún así sigo echando de menos algún lugar cómodo de reposo donde relacionarme con el espacio y las piezas, sofá o sillones donde tomar un te moruno mientras observo una obra. Mis costumbres para romper otro contexto. Y mi intención de poder tratar con lo que observo con más familiaridad y menos aforismos consumistas.

De dos ratas callejeras anglosajonas me surgen las siguientes dos conclusiones:

  1. Reivindico el arte dinámico de la enemistad propia de la mente del artista, frente a la permanencia identitaria estática de unos signos que faciliten la lectura de su trabajo y su seguimiento por un coleccionista o galerista. Ya que esa manifestación de la duda es el motor de su actividad y su evidencia de transgresión y evolución.

  2. En tanto el mundo sigue girando algunos continúan viendo con decepción como la influencia y los haceres de tierras yankis desvirtúan los auténtico de las cosas (moral, estética, algo taaan europeo), en pro del comercio, la divulgación y el beneficio. China es otro gran profesional en estas lides del “Sin pudor”. Abaratan el mensaje, simplifican la comunicación y nos ahogan con artistas que copan el Top mundial y no es que nosotros (españoles, europeos al final) poseamos menores o mayores capacidades. Ciertos recursos de trabajo y una planificación e inundan todo el mundo. Recomiendo aquí echar mano de Alessandro Baricco y su libro Los Bárbaros, Ensayo sobre la mutación breve e instructiva obra que con los ejemplos sobre que era y es hoy el vino, el fútbol y otros temas, nos analiza la influencia y culturización extensiva que practican los bárbaros. Angloamericanos y chinos. Y digo yo por que no imitarlos y aprender de ellos en vez de lamentar que con sus cosas por encima nos pasen.
  • Mmm…¡Me quedo pensando sobre ello que tengo ganas de que en un momento ellos me hagan el besamanos!

dface.co.uk

obeygiant.com


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